Estaba ayer tomando un café con una amiga y charlando sobre innovarse y re-inventarse a uno mismo, pues ella está inmersa en dicho proceso, y le expliqué un cuento que quiero compartir aquí. Dice así:
Cristóbal, el protagonista de esta historia, era un hombre esforzado y luchador, sólido y firme a decir de quienes le conocían. Estaba pasando una época un poco tormentosa y dura pues su trabajo, en el cual llevaba casi veinte años, pasaba por días de zozobra. La empresa, que él había conocido en sus inicios de pequeño emprendimiento, se había ido haciendo cada vez mayor y más exitosa y él había contribuído a ello con esfuerzo y entusiasmo, habiéndose también beneficiado de los resultados. Pero su sector, el mercado en el que su empresa se movía, estaba en crisis debido a que unas innovaciones tecnológicas muy importantes estaban cambiando el panorama y nuevos competidores habían empezado a comerse el mercado. Cristóbal había decidido tomarse una semana de vacaciones para airearse y relajarse, y para ello había comprado un billete para un crucero.
Pero una noche, en medio de una tormenta espectacular que le tenía bastante intranquilo y un poco mareado, un estruendo aunado con una gran sacudida le tiró literalmente de su cama: el crucero había chocado en alta mar con un mercante gigantesco al que un desplazamiento de parte de la carga había puesto en dificultades de navegación. Las sirenas empezaron a sonar, rompiendo la noche de forma chillona, y Cristóbal se encontró corriendo hacia la cubierta junto con docenas de otros pasajeros que, en pijama como él, luchaban asustados por llegar a algún sitio ala ire libre donde recibir instrucciones. Te ahorro el proceso, dramático hasta el límite, y concluyo contando que el crucero se fué a pique en apenas media hora en medio de una gran desorganización y confuso caos en el que apenas algunos botes fueron arriados y pocas de las personas que no alcanzaron a subir a uno de ellos pudo conseguir ponerse uno de los chalecos salvavidas.
En medio de la tormenta, que no remitía, la superficie del mar era oscura y ondulaba con grandes olas que, en sus subidas y bajadas dejaban entrever sombras confusas de cosas que flotaban de diversos tamaños y formas, y algunos sonidos humanos desgarrados conseguían romper a retazos el restallar de los truenos y la violenta lluvia.
Cristóbal, en pijama y sin haber podido alcanzar ni un bote ni un chaleco, había conseguido saltar por la borda sin dañarse gracias a que sus miedos económicos al futuro le habían llevado a reservar un camarote barato en una cubierta baja. Y, allí nadando estremecido de frío y miedo, rozó con los dedos de su mano izquierda algo duro y grande: a escasos centímetros de él flotaba un gran bidón de plástico blanco con asas negras al que se aferró con todas sus fuerzas de luchador superviviente.
La noche no fue larga y la tormenta se disipó poco antes de amanecer, lo cual fue una fortuna para él porque temía que las frías aguas le afectaran de forma determinante. Con los primeros rayos de sol calentando su cara Cristóbal se sintió capaz de salir de aquello, diciéndose que con toda seguridad los servicios de rescate debían de tener noticia del naufragio y con la luz diurna le encontrarían en cuestión de horas. Pero su esperanza se enturbió enseguida cuando pudo ver que el bidón carecía de tapa y poco a poco había ido llenándose de agua. Desesperado, buscando ganar las preciosas horas que presumía necesarias hasta que el rescate llegara, buscó con desespero algo para tapar la boca del bidón. Lo intentó con la parte superior de su pijama, pero estaba empapada y el agua seguía entrando. Probó a usar su mano, más entonces tenía que asirse a la boya con la otra en solitario y al cabo de un par de minutos interminables estaba agotado.
El bidón estaba cada vez más lleno, y cada vez más hundido. Llegó un momento en el que apenas era capaz de sostener flotando a Cristóbal, y éste tuvo que ayudarse nadando con los pies … y luego con una mano.
Pero no quería soltarlo. Se aferraba a él como si lo que había sido su salvación la noche anteior pudiera seguir siéndolo. El bidón se llenó de agua y se fue al fondo. Y Cristóbal, incapaz de soltarse y de nadar o de buscar algo nuevo, se hundió con él, con la boya que se convirtió en su ancla.
Cuando las últimas ondas de agua se desvanecieron tras la desaparición de Cristóbal, cuando las burbujas dejaron de aflorar a la superficie, unas maderas llegaron flotando a donde diez minutos antes él luchó por salvarse aferrado a su bidón.

Ilustrativo cuento José Luis, gracias!
Quizás nos aferramos a las boyas del pasado porque algun día nos fueron de ayuda. Vivamos el presente y vayamos soltando con gratitud lo que nos impide avanzar. Confiemos que la vida nos traerá justo lo que necesitamos. Un abrazo! Namasté!!